La arqueología moderna sigue protagonizando un giro histórico. Un equipo internacional liderado por el Instituto de Nazca de la Universidad de Yamagata, con el respaldo tecnológico de IBM Research, sigue identificando nuevos geoglifos figurativos en las pampas de Nazca y Palpa, en el desierto peruano, en 2024. El hallazgo, publicado en 2024 en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), duplicó prácticamente el número conocido hasta ahora y redefinió el paisaje cultural de uno de los misterios más fascinantes del mundo antiguo. Mientras tanto, un año después, continúan apareciendo nuevos geoglifos.
Garcés Rivero / Madrid / Terabithia Press
Lo más revelador de la investigación no es solo la magnitud del descubrimiento, sino la confirmación de que estas figuras monumentales son obra humana y no resultado de presuntas visitas extraterrestres, como tantas veces se ha especulado desde mediados del siglo XX.
En 2025, los geoglifos de Nazca han vuelto a ocupar un lugar central en la agenda científica y patrimonial mundial gracias a dos novedades de enorme calado: la identificación de 248 nuevas figuras mediante inteligencia artificial y la polémica decisión del Gobierno peruano de reducir el área protegida en la que se encuentra este Patrimonio de la Humanidad.
El hallazgo, liderado por la Universidad de Yamagata en colaboración con IBM Research, se suma al descubrimiento de 303 geoglifos anunciado en 2024 y eleva a 893 el número total de figuras figurativas documentadas hasta la fecha. Según explicó el profesor Masato Sakai, director del Instituto de Nazca, “los geoglifos no fueron colocados al azar. En su disposición y alineación funcionan como medios para transmitir la fe y la memoria de la comunidad”.
Lo novedoso en esta ocasión no es solo la magnitud del hallazgo, sino la forma en que están organizados los geoglifos recién descubiertos. Los arqueólogos han constatado que aparecen agrupados en más de cien senderos estrechos, cada uno con un tema específico. Algunos caminos muestran exclusivamente aves rapaces, como cóndores; otros, únicamente camélidos domesticados; y hay rutas en las que aparecen sacrificios humanos y cabezas trofeo vinculadas a los ritos de la cultura Nazca. Este patrón revela que las figuras formaban parte de un sistema narrativo y ritual estructurado, lo que refuerza la interpretación de las pampas de Nazca como un vasto escenario ceremonial.
El uso de inteligencia artificial ha sido crucial. El sistema entrenado por los investigadores permitió detectar patrones geométricos invisibles al ojo humano en miles de imágenes aéreas y satelitales. “Lo que antes podía tardar tres o cuatro años en ser localizado con métodos tradicionales, ahora puede identificarse en apenas unos días”, señaló Sakai. No obstante, el propio equipo subraya que la IA es una herramienta de apoyo: cada figura identificada digitalmente fue verificada posteriormente sobre el terreno por arqueólogos.

En paralelo a este avance científico, el Ministerio de Cultura de Perú adoptó en junio una medida que ha desatado críticas en el ámbito académico y en organizaciones de defensa del patrimonio: la reducción del parque arqueológico de Nazca, que pasó de más de 5.600 kilómetros cuadrados a alrededor de 3.200. La decisión deja fuera áreas con alta densidad de geoglifos y espacios rituales esenciales, lo que, según alertan expertos e instituciones como la Asociación Internacional Maria Reiche, podría abrir la puerta a la minería ilegal y a daños irreparables en el paisaje cultural.
Los geoglifos de Nazca son inmensos dibujos trazados sobre la superficie árida del desierto peruano, elaborados entre aproximadamente el 500 antes de Cristo y el 650 después de Cristo. Para realizarlos, las culturas Paracas y Nazca retiraban la capa superficial de piedras rojizas, dejando al descubierto el suelo amarillento más claro. El contraste y la aridez extrema garantizaron su conservación durante más de dos mil años.
Expresiones culturales y espirituales
Lejos de la imagen romántica de obras incomprensibles, la arqueología ha demostrado que se trataba de expresiones culturales profundamente ligadas a la vida cotidiana y a las creencias espirituales de estas comunidades.
El nuevo estudio confirma dos grandes categorías de figuras:
- Geoglifos de tipo línea, de gran tamaño, que representan animales salvajes y estaban vinculados a ceremonias colectivas.
- Geoglifos de tipo relieve, más pequeños y cercanos a senderos, que muestran camélidos domesticados, cabezas decapitadas, figuras humanas o escenas rituales.
Según explicó el equipo de Yamagata, “las figuras lineales funcionaban como escenarios ceremoniales a gran escala, mientras que las de relieve actuaban como auténticos paneles informativos que podían ser vistos por quienes transitaban los caminos”.
Durante más de cien años, la localización de nuevos geoglifos dependió de vuelos de reconocimiento, fotografías aéreas y exhaustivos recorridos por tierra. Los investigadores entrenaron un algoritmo con miles de imágenes aéreas y satelitales. El sistema aprendió a reconocer las alteraciones mínimas del terreno propias de los geoglifos. Después, aplicaron la tecnología a terabytes de datos, escaneando áreas inmensas con una precisión imposible para el ojo humano.
“Con la IA hemos multiplicado por 16 la tasa de descubrimiento”, declaró Sakai. “Lo que antes requería tres o cuatro años de trabajo sobre el terreno, ahora puede hacerse en apenas unos días”.
Una vez detectadas digitalmente, cada figura fue verificada sobre el terreno por equipos de arqueólogos. “No se trata de confiar ciegamente en un algoritmo”, puntualizó Sakai. “Cada hallazgo se valida con botas en la arena, con ojos humanos, porque la arqueología no se reduce a una pantalla, sino que exige contacto con el suelo”.
El catálogo ahora identificado incluye motivos inquietantes y profundamente simbólicos. Entre las figuras más sorprendentes hay orcas que portan cuchillos, llamas domesticadas, aves, felinos, seres antropomorfos y cabezas humanas cercenadas.



Una cosmovisión compleja
Para el arqueólogo peruano Johny Isla, coordinador de conservación de las Líneas de Nazca, estas representaciones reflejan una cosmovisión compleja: “Las cabezas trofeo, por ejemplo, eran elementos rituales en la cultura Nazca. Su aparición en los geoglifos confirma que estas figuras no eran simples adornos, sino parte de una red de significados espirituales y sociales”.
Los investigadores sostienen que las grandes figuras animales marcaban espacios rituales colectivos vinculados a la fertilidad y al agua, mientras que las más pequeñas cumplían una función práctica. “Podían ser señales visibles desde los senderos, mensajes que hablaban de identidad y de pertenencia”, explicó Sakai.
El hallazgo también revaloriza las hipótesis de la matemática y arqueóloga alemana Maria Reiche, conocida como la ‘Dama de Nazca’. Ella defendió que las líneas no eran producto del azar, ni de caprichos estéticos, sino parte de un sistema integrado de calendarios, rituales y observaciones astronómicas.
“La orientación y la precisión técnica de los diseños refuerzan la idea de que formaban parte de un paisaje ceremonial de proporciones colosales”, señalaron los investigadores en el artículo de PNAS.
Las teorías sobre visitantes de otros mundos se popularizaron en los años Sesenta, cuando el escritor suizo Erich von Däniken sugirió que las figuras podían ser “pistas de aterrizaje para naves alienígenas”. Su libro Recuerdos del futuro alimentó durante décadas una visión sensacionalista de Nazca, repetida en documentales, novelas y series de televisión.


Sin embargo, la investigación científica ha desmontado estas afirmaciones. Experimentos arqueológicos han demostrado que las figuras pueden reproducirse con instrumentos simples, como estacas y cuerdas, sin necesidad de tecnología avanzada.
El investigador estadounidense fallecido en marzo de este mismo año Joe Nickell, por ejemplo, recreó varios geoglifos en escala real utilizando solo herramientas rudimentarias. Fue reconocido por su posición científica escéptica frente a determinados casos calificados de paranormales. Nickell fue investigador principal del Committee for Skeptical Inquiry y escribía regularmente en su revista, Skeptical Inquirer. Fue autor o editor de más de 30 libros. Ayudó a descubrir que el «Diario de Jack el Destripador» de James Maybrick era un engaño. Sus resultados probaron que no hacen falta satélites ni ovnis para trazar con precisión decenas o cientos de metros en el desierto.
Una sociedad organizada
“La grandeza de Nazca no está en su supuesta conexión con los extraterrestres, sino en la capacidad de una sociedad humana de organizarse colectivamente para dejar un mensaje en el suelo que todavía hoy nos interpela”, concluyó Nickell.
Con estos 303 nuevos geoglifos, las pampas de Nazca se confirman como un paisaje sagrado en permanente transformación para la mirada arqueológica. Lejos de agotarse, el desierto peruano sigue revelando secretos que, hasta hace poco, parecían escondidos en la ciencia ficción.
“Estamos apenas en el comienzo”, declaró Sakai. “Cada vez que la tecnología nos permite ver mejor, Nazca nos devuelve el reflejo de una cultura compleja y profundamente humana. Los próximos años serán decisivos para seguir desentrañando este patrimonio único en el mundo”.
El descubrimiento de 303 nuevos geoglifos gracias a la inteligencia artificial no solo constituye un avance metodológico sin precedentes: también reafirma el origen humano de uno de los mayores enigmas arqueológicos del planeta.
Lejos de las fantasías alienígenas, Nazca se muestra hoy como un testimonio de creatividad, espiritualidad y organización comunitaria. Y gracias a la alianza entre arqueología e inteligencia artificial, seguimos trazando un mapa más preciso del pasado, que nos recuerda de dónde venimos y hasta qué punto la imaginación humana es capaz de transformar el desierto en un lienzo inmortal cargado de símbolos, rituales y mensajes que aún hoy, bajo el sol implacable, siguen desafiando nuestra imaginación.
Un espacio ceremonial
Las líneas de Nazca fueron observadas por primera vez en toda su magnitud en la década de 1920, cuando los primeros vuelos comerciales sobrevolaron el sur de Perú. Desde entonces, las figuras –monos, colibríes, arañas, perros, trapezoides y espirales– capturaron la imaginación del mundo.
Pronto surgieron hipótesis diversas. Algunos investigadores plantearon que podían tratarse de canales de irrigación, otros las asociaron con calendarios astronómicos. Con el tiempo, la alemana Maria Reiche dedicó su vida a estudiarlas y defender su origen humano, proponiendo que eran un gigantesco observatorio y un espacio ceremonial.
El equipo de Yamagata trabajó con imágenes de muy alta resolución captadas por drones y satélites. Alimentaron con ellas un sistema de aprendizaje profundo capaz de detectar patrones geométricos y contrastes invisibles a simple vista. La IA fue entrenada con miles de ejemplos de geoglifos ya conocidos para “aprender” a distinguir las formas auténticas de otras alteraciones naturales del terreno.
Una vez entrenado, el sistema analizó terabytes de datos y propuso áreas de interés. Sobre esas coordenadas, los arqueólogos realizaron las verificaciones de campo. El arqueólogo peruano Johny Isla añade un matiz importante: “No se trata de sustituir al ojo humano. La IA es una herramienta que prioriza dónde buscar, pero la última palabra siempre la tiene la investigación arqueológica directa”.
El propio Sakai insiste: “No hay ningún indicio de tecnología ajena a la época. Lo extraordinario no es que sean obra de extraterrestres, sino que fueron creados por seres humanos con recursos limitados y una capacidad de planificación impresionante”. El equipo reconoce que la IA no resuelve todos los enigmas. Algunos geoglifos son tan erosionados o fragmentarios que el algoritmo puede confundirlos con accidentes naturales. “Por eso es crucial la verificación en campo”, señaló Sakai. “La IA acelera, pero no sustituye”.
Además, todavía persisten interrogantes sobre la función exacta de muchas figuras, el modo en que se integraban en las ceremonias y su relación con los centros de poder de la cultura Nazca. “Estamos apenas en el comienzo”, concluye Sakai. “Cada vez que la tecnología nos permite ver mejor, Nazca nos devuelve el reflejo de una cultura compleja y profundamente humana. Los próximos años serán decisivos para seguir desentrañando este patrimonio único en el mundo”.
Nazca ya no necesita extraterrestres para ser fascinante. La verdadera maravilla está en cómo sociedades andinas de hace más de dos mil años fueron capaces de transformar un desierto inhóspito en un lienzo monumental cargado de símbolos, rituales y mensajes que aún hoy, bajo el sol implacable, siguen desafiando nuestra imaginación.

Paracas: pioneros del desierto y maestros del textil
La cultura Paracas, asentada en la península del mismo nombre en la costa sur de Perú entre los siglos VIII a. C. y II d. C., fue una de las sociedades prehispánicas más sofisticadas y enigmáticas del antiguo Perú. Su legado más conocido son los célebres fardos funerarios: entierros colectivos en los que los cuerpos se envolvían cuidadosamente en mantos textiles de una calidad artística excepcional. Estos tejidos, confeccionados con algodón y fibras de camélidos teñidas con colores intensos, muestran escenas de rituales, figuras sobrenaturales y símbolos que revelan una cosmovisión rica y compleja. La cultura Paracas también destacó por sus innovadoras prácticas médicas, entre ellas las trepanaciones craneales, que no solo sobrevivían los pacientes, sino que en muchos casos cicatrizaban, un indicio de conocimientos avanzados en cirugía y cuidado postoperatorio.

Nazca: cuando el desierto se convirtió en un lienzo
La cultura Nazca, heredera de los Paracas, se desarrolló en la misma franja costera del sur de Perú entre el 200 a. C. y el 650 d. C., y es célebre en todo el mundo por haber transformado el desierto en un lienzo monumental. Sus geoglifos —las famosas Líneas de Nazca— incluyen figuras de animales, plantas y formas geométricas trazadas a gran escala que solo se aprecian en su totalidad desde el aire. Sin embargo, su genialidad no se limitó a estos dibujos: los Nazca fueron expertos en cerámica policromada, con escenas de la vida cotidiana, guerreros y deidades, pintadas en una paleta de hasta diez colores, una riqueza cromática que pocas culturas precolombinas alcanzaron. En un territorio árido y hostil, los Nazca desarrollaron sofisticados sistemas hidráulicos, conocidos como puquios, que les permitieron acceder a aguas subterráneas mediante canales y respiraderos en espiral, algunos de los cuales siguen en funcionamiento hoy. Su religión estaba estrechamente vinculada a la fertilidad de la tierra y al control del agua, lo que explica el carácter ceremonial de muchos de sus geoglifos. Los hallazgos arqueológicos muestran también un fuerte componente ritual en torno a las cabezas trofeo, probablemente empleadas en ceremonias vinculadas al ciclo agrícola. De este modo, la cultura Nazca aparece como una sociedad capaz de combinar la ingeniería y el arte con un profundo sentido espiritual, legando al mundo uno de los paisajes culturales más enigmáticos y deslumbrantes de la antigüedad.
Un salto técnico y espiritual
Aunque suelen presentarse como mundos separados, Paracas y Nazca forman en realidad una misma corriente cultural que evolucionó a lo largo de casi un milenio en la árida costa sur del Perú. Los Paracas fueron los pioneros: trazaron los primeros geoglifos, pequeños y esquemáticos, al tiempo que desarrollaban un arte textil y funerario de enorme sofisticación. Con la llegada de los Nazca, ese lenguaje simbólico se expandió hasta desbordar el horizonte del desierto. Las líneas y figuras se multiplicaron, alcanzando dimensiones colosales y dotando al paisaje de un carácter ceremonial sin precedentes.
El salto no fue solo técnico, sino también espiritual. Los geoglifos paracas parecían hablar de identidad y pertenencia local, mientras que los nazcas transformaron ese gesto en un escenario cósmico, en un diálogo con los dioses del agua y de la fertilidad que garantizaban la supervivencia en un entorno hostil. Así, los dibujos que hoy asombran al mundo no son fruto del azar ni de visitantes extraterrestres, sino la culminación de un proceso cultural en el que dos civilizaciones hermanas hicieron del desierto un inmenso tablero de símbolos, visible todavía siglos después de su desaparición.
Más info:
Institute of Nasca|Yamagata University Faculty of Humanities and Social Sciences