• Si el presente es desolador, la amenaza creciente para la biodiversidad ibérica de las olas de incendios es insondable e incalculable a futuro, y un verdadero arcano cuya resolución siempre queda pendiente de las improvisaciones políticas en gestión de los territorios

Eduardo Fernández / Madrid

«El cambio climático no inicia los incendios directamente, pero crea las condiciones ideales para que se propaguen», afirma Bogdan Antonescu, físico atmosférico de la Universidad de Bucarest. Especialista en Climatología y miembro de la Royal Meteorological Society, a quien se conoce por sus investigaciones sobre tormentas convectivas extremas, olas de calor y variabilidad climática en Europa. Por su parte, Kostas Lagouvardos, del Observatorio de Atenas, añade que los veranos europeos –cada vez más calurosos y secos, y agravados por el efecto prolongado del anticiclón africano– están haciendo que los incendios sean más frecuentes, más intensos y mucho más difíciles de controlar. Desde Grecia hasta el norte de Europa, estamos enfrentando una nueva realidad: «Ya no se trata de fuego, sino de clima que incendia».

El meteorólogo Francisco Martín León (‘Paco Martín’), especialista de Meteored con una trayectoria de más de 36 años en la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), explica que el llamado anticiclón africano es, en realidad, una enorme masa de aire sahariano que se desplaza hacia el norte y se asienta sobre la Península Ibérica. «Se trata de una masa de aire cálido y seco originada en el Sáhara que actúa como una auténtica cúpula de calor: estabiliza la atmósfera, impide la formación de nubosidad y atrapa el aire caliente, lo que dispara las temperaturas por encima de los 40 grados en amplias zonas de Europa«, señala.

Mientras escribo estas líneas el fuego intenta devorar el Valle del Jerte. Ya se ha llevado por delante más del 12% de la superficie de la provincia de Orense y ha asolado parte de El Bierzo. Eso hoy. Y es que España vive en 2025 el peor verano de su historia reciente en incendios forestales –por ésta y por otras causas variadas de complicadísima explicación–. Con más de 390.000 hectáreas ya calcinadas según Copernicus [programa de observación de la Tierra de la Unión Europea], este mes de agosto ha convertido 2025 en un año con récord nefasto, superando ya al año 2022 –hasta ahora el peor del siglo– en el que se calcinaron unas 306.000 hectáreas. Galicia, Castilla y León y Extremadura concentran las mayores pérdidas, pero el fuego también ha alcanzado, por ejemplo, valiosas áreas de costa en Cádiz; o el rural periurbano, como el entorno de Tres Cantos en Madrid, dañando de una forma grave, aunque aún no evaluada oficialmente, a territorios ecológicamente tan valiosos como Soto de Viñuelas y –aunque el fuego no llegó a quemarlo–, sí afectó gravemente al comportamiento de la fauna del ‘muy sensible’ Coto Pesadilla (300 hectáreas anexas a Viñuelas que están incluidas en el Parque Regional de la Cuenca del Manzanares, un encinar relíctico con especial valor ambiental).

Destrucción del suelo y cenizas

Los expertos lo repiten con crudeza: más allá de los que desde hace unos años se considera incendios de sexta generación (inextinguibles), los fuegos que estamos sufriendo ya no son los del siglo pasado. El Colegio Oficial de Ingenieros de Montes alerta de que lo que está en juego no es solo el arbolado, sino el propio suelo y el banco de semillas. Si se pierde esa base, la posible regeneración del territorio habrá de medirse en siglos o puede que ni siquiera llegue a poder producirse, como ha ocurrido en determinadas zonas yesíferas del centro peninsular o de algunas zonas montañosas de Alicante y Almería, convertidas en verdaderos desiertos, en ecosistemas irrecuperables, casi exentos de vida.

Desde el CSIC, Fernando Valladares lo sintetiza en una idea simple: «Sin la ola de calor, la violencia de los fuegos de este verano no se podría explicar. El cambio climático ha convertido un fenómeno natural en una amenaza estructural». Más allá de estas consideraciones sobre si cambia el clima, el ciclo climático o bien otras razones aún no bien comprendidas por la ciencia, lo cierto es que las lluvias intensas de marzo, que hicieron brotar de forma exuberante, de forma especial las zonas de monte bajo y los pastizales; los índices de bajísima humedad, el calor extremo y los vientos cambiantes (algunos de velocidades superiores a los 70 km/h, por ejemplo el de Tres Cantos, provocados por la propia tormenta seca que a decir de los expertos generó el rayo que desencadenó el fuego), convirtieron el campo, en general, en un polvorín, multiplicando de forma exponencial la cantidad de combustible fácilmente inflamable.

WWF habla de nuevo este año de incendios de sexta generación, capaces de generar sus propias tormentas de fuego (afortunadamente no todos llegan a alcanzar esta consideración). SEO/BirdLife advierte de la contaminación de ríos y hábitats de la Red Natura 2000 por el arrastre de cenizas. Y el Colegio de Ingenieros Técnicos Forestales insiste: no basta con más hidroaviones, lo esencial es gestionar el territorio. Sin paisajes en mosaico, sin ganadería extensiva que reduzca la carga de combustible, sin selvicultura preventiva, el fuego se repetirá cada verano con mayor virulencia.

La fauna terrestre ha sufrido un castigo silencioso. La Fundación Oso Pardo alerta de que los grandes incendios en la Cordillera Cantábrica han alterado el hábitat del oso, reduciendo la disponibilidad de frutos y fragmentando sus corredores naturales. Es sólo un ejemplo. Micromamíferos, reptiles y aves han experimentado una mortalidad directa masiva. Ni siquiera los animales domésticos y de granja cuentan con protocolos claros de evacuación: salvo Canarias, ninguna comunidad autónoma dispone de planes específicos, lo que ha llevado a escenas de improvisación y riesgo para las personas que intentaban rescatarlos. Y, por supuesto, mortandad masiva de ganado doméstico, no sólo estabulado, sino también aquellos animales que pastan en verano en ganadería extensiva en las zonas altas de montaña, donde en agosto todavía queda suficiente pasto fresco para ungulados y reses.

Tras el fuego llegará otra amenaza menos visible cuando comiencen las primeras lluvias: la de las cenizas arrastradas a los ríos y rías. Investigaciones en Galicia, como los experimentos con agua de la Ría de Vigo, demuestran que la ceniza es capaz de alterar en apenas 72 horas la comunidad de plancton, eleva el consumo de oxígeno y puede desencadenar episodios de hipoxia. Estudios internacionales coinciden: tras grandes incendios, los ríos sufren picos de turbidez, aumento de nutrientes y metales, e incluso eventos de blackwater que provocan mortalidad de peces.

El riesgo no es teórico para el noroeste ibérico. El salmón atlántico, ya en declive por la sobrepesca ilegal en los estuarios y en el mar, el calentamiento de las aguas, la eutrofización, el furtivismo y la alteración de los caudales –entre otras causas–, se enfrenta ahora a un nuevo enemigo: las cenizas y contaminantes que las tormentas torrenciales arrastrarán a los ríos. Este «enemigo silencioso» amenaza huevos, alevines, pintos y esguines de una especie emblemática cuya posibilidad de recuperación es ya crítica en Galicia y Asturias. Tampoco están fuera de este peligro la trucha autóctona ‘fario’ y otras especies endémicas de la Península. También invertebrados, insectos, etc.

Aún más preocupante: los efectos pueden durar muchos años. Tras los incendios, los cauces sufren sedimentación, alteraciones tróficas y repuntes de nutrientes que comprometen la calidad del agua mucho más allá de la temporada estival. No se trata, por tanto, de un daño puntual, sino de una presión añadida a ecosistemas fluviales ya frágiles, castigados por la contaminación y agobados por la presión humana.

El fuego ecológico y regenerador

Pero hay que incidir en un dato muy importante: el fuego no es siempre destructor y hasta hace no mucho tiempo atrás ha venido desempeñando un papel ecológico interesante en determinadas zonas. El investigador José Antonio Vega, del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), recuerda que «el fuego, cada determinadas décadas, forma parte de la ecología de los ecosistemas mediterráneos». Muchas especies, como ciertos pinos, han evolucionado para germinar tras el paso de las llamas. El problema es que la frecuencia y la intensidad de los incendios actuales desbordan esa función ecológica. Donde antes el fuego rejuvenecía el monte, ahora deja suelo estéril y fauna sin refugio. «En los ecosistemas mediterráneos, el fuego cumple también un papel ecológico: ayuda a regenerar ciertas especies vegetales, libera nutrientes al suelo y mantiene la diversidad del paisaje. El problema no es el fuego en sí, sino su frecuencia y magnitud, que hoy superan la capacidad de recuperación natural del bosque», explica José Ramón González Panizo, ingeniero de montes y técnico de gestión forestal del INIA-CSIC.

Esta idea –compartida por numerosos ecólogos– es clave: el fuego ocasional es parte del ciclo natural, pero los megaincendios recurrentes alteran el equilibrio y convierten un proceso ecológico en una catástrofe. Johann Georg Goldammer, director del Global Fire Monitoring Center (GFMC), dependiente del Instituto Max Planck, es una de las máximas referencias mundiales en ecología del fuego: «El fuego puede ser una fuerza regenerativa poderosa en los ecosistemas, siempre que se respete su papel ecológico y sean aplicados los regímenes naturales de fuego controlado». Se trata de utilizar el fuego preventivo como método de limpieza y regeneración que evite además la interconexión de masas forestales (paisaje estructurado en mosaico). Quemar de forma controlada para evitar luego el fuego devastador. La modelización teórica de la matemática italiana Serena Dipierro, profesora en la University of Western Australia, y Enrico Valdinoci (Universidad de Milán) demostraron con un informe validado por pares que una política proactiva de quemas prescritas (moderadas y planificadas) puede estabilizar ecosistemas, mientras que las respuestas reactivas a incendios (quemar solo tras la tragedia) generan inestabilidad ecológica. Por su parte, el ecólogo del CSIC Joan Pausas, especialista en ecología del fuego, lo resume así: «En muchos ecosistemas mediterráneos el fuego no es solo una catástrofe: es un proceso natural. Algunas plantas necesitan el calor para liberar sus semillas, otras rebrotan con más fuerza tras el incendio y, además, la ceniza devuelve nutrientes al suelo. Por eso, el fuego, en determinadas condiciones, actúa como motor de regeneración ecológica.»

Lo que desde luego no es sostenible es que buena parte del territorio español sea una especie de enmarañada selva mediterránea de matorral bajo abandonado, eucaliptos preconstitucionales para mayor beneficio de las papeleras bajo los que no crece nada de nada, pero prenden como el algodón; y repoblaciones con coníferas y árboles de rápido crecimiento que no son autóctonos y que arden como teas. Se llama –lo que no se hace, o no suficientemente– gestión preventiva del territorio natural. Y recuperación del papel y el valor de lo rural. Y de las especies autóctonas y adaptadas al clima. Y también como motor de empleo y generador de nuevos recursos.

Pacto de Estado y cambio de estrategia

El impacto económico en agosto se cifra ya en 600 de millones de euros sólo en la agricultura, a los que habrá que sumar desde la apicultura a la ganadería extensiva, pasando por el turismo rural. Todos los sectores sufren pérdidas. Las evacuaciones masivas y los daños en infraestructuras críticas se han convertido en parte del paisaje de la catástrofe. Y desde luego, lo invaluable, los territorios naturales perdidos, como el caso de Las Médulas, cuyos bosques tardarán décadas en recuperarse.

Por eso, el Colegio de Ingenieros de Montes pide un Pacto de Estado contra los incendios, capaz de superar legislaturas y colores políticos. No se puede seguir utilizando un año más el fuego como arma arrojadiza e incendiar el debate social con antorchas de desinformación e intereses muy complicados de descifrar. Porque lo que arde no distingue entre comunidades ni ideologías: se están quemando nuestras reservas de biodiversidad, nuestra base productiva y, en definitiva, nuestro futuro. Y el de las generaciones venideras, en el país más biodiverso de la UE y precisamente la Naturaleza y el medioambiente, uno de los principales valores económicos y sociales de España en el presente y, por supuesto, a futuro.

La conclusión de los expertos es unánime: necesitamos un cambio de estrategia. Más allá de apagar llamas, urge gestionar el territorio con selvicultura preventiva, restauración basada en especies autóctonas y planes a largo plazo que incluyan tanto a las comunidades autónomas como al Estado. No se trata solo de más hidroaviones o brigadas, sino de entender que estamos ante un nuevo régimen de incendios que exige prevención estructural y protocolos de restauración. E inversión, de manera coordinada. Y todo el año. Es además un vivero de empleo especializado y de calidad, pero hay que estar ‘políticamente’ dispuestos a mirar con las luces largas.

El verano de 2025 nos deja una certeza: el fuego seguirá presente en los ecosistemas ibéricos. La pregunta es qué papel queremos que juegue. Puede ser el regenerador natural que, de forma controlada, renueva el monte; o el enemigo devastador que arrasa con bosques, fauna, ríos y economías rurales. Lo ocurrido en agosto debería bastar para entender que ya no hay más tiempo que perder.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario Escudo Digital el día 22 de agosto de 2025

Imagen de un bombero de la Diputación de Alicante trabajando en el incendio de León del verano de 2025 –  Consorcio de Alicante