• Cuando los castores regresan a los parques, los halcones alzan el vuelo entre rascacielos y los habitantes se detienen a escuchar el trino de un ave rara, algo está cambiando. Un nuevo paradigma se abre paso: resalvajar las ciudades no solo es posible, sino urgente
  • Frente al colapso ecológico global, científicos y urbanistas apuestan por reintroducir especies desaparecidas en los parques urbanos como parte de una estrategia de restauración ambiciosa y transformadora

Por Eduardo Fernández

En las orillas del río Don, en pleno Toronto, un castor construye su dique con ramas recogidas entre la maleza. Al otro lado del mundo, en las calles de Singapur, los cálaos —aves de gran pico curvo que parecían relegadas a la memoria— han vuelto a criar en los árboles de los jardines urbanos. En Australia, incluso el escurridizo ornitorrinco ha regresado a los suburbios gracias a reintroducciones cuidadosamente planificadas. Todas estas escenas tienen algo en común: no ocurren en la selva ni en la sabana, sino en ciudades densamente pobladas. Y forman parte de un fenómeno creciente, disruptivo y profundamente simbólico: la resilvestración urbana.

A primera vista, el término suena a contradicción. ¿Cómo reconciliar el caos del asfalto con el orden de los ecosistemas? ¿Qué tiene que ver un paso de cebra con una manada de marsupiales? Para un grupo de científicos de Australia, autores del informe publicado este año en BioScience bajo el título “Urban rewilding to combat global biodiversity decline”, la clave no está en la pureza del paisaje, sino en su capacidad de acoger vida. “Las ciudades, a pesar de su apariencia hostil, pueden ser centros de biodiversidad si se gestionan adecuadamente”, sostienen los investigadores liderados por Patrick B. Finnerty, del Global Ecology Lab de la Universidad de Sídney.

Lejos de tratarse de una moda, la resilvestración urbana responde a una urgencia. El informe arranca con una advertencia seca: “La urbanización rápida está contribuyendo a un declive de la biodiversidad sin precedentes a nivel mundial”. En 2050, se espera que el 70 % de la población mundial viva en entornos urbanos. A medida que las ciudades crecen, también lo hacen los espacios asfaltados, los residuos, las especies invasoras y la desconexión emocional de los ciudadanos con el entorno natural. El resultado es un paisaje empobrecido donde, como describe el equipo científico, “se extinguen funciones ecosistémicas clave como la polinización, la dispersión de semillas o el control de plagas”.

Diferentes tipos de tordos ya no migran y fijan su residencia en parques de las grandes ciudades

Ciertos tipos de rapaces de pequeño tamaño residen ya en ciudades como Madrid y están familiarizadas con las personas, donde el alimento (conejos, palomas, cotorras…) es abundante, y así contribuyen al control de plagas que pueden resultar muy dañinas y trasmitir enfermedades como la salmonelosis

Las zarigüeyas introducidas en Sidney se alimentan de gran variedad de invertebrados, que incluyen insectos, arañas, escorpiones y crustáceos; también pequeños roedores y serpientes e incluso fruta

La ciudad que volvió a latir

Frente a esa pérdida silenciosa, la resilvestración —o rewilding— se presenta como una forma de devolver a los ecosistemas urbanos parte de su vitalidad original. No se trata solo de plantar árboles o colocar parterres; el objetivo es más ambicioso: reintroducir animales que antes habitaban esas zonas, restaurar interacciones entre especies, y permitir que procesos naturales como la depredación, el escarbado o el anidamiento vuelvan a ocurrir sin intervención humana.

Según el artículo publicado en The Conversation por los mismos autores, ya hay ejemplos tangibles de éxito. “En Sídney, las zarigüeyas, las ranas arborícolas y los pequeños marsupiales escarbadores han sido reintroducidos en reservas urbanas cercanas a zonas residenciales”, explican. La clave está en realizar estudios previos sobre la viabilidad de las especies, los riesgos para su supervivencia y el grado de implicación comunitaria que puedan generar.

Porque la resilvestración urbana, lejos de ser un experimento ecológico de élite, es también una oportunidad social. “Las ciudades son el único lugar donde pueden coexistir de forma inmediata la conservación de la biodiversidad y el contacto cotidiano con las personas”, afirma el informe. Reintroducir especies en parques urbanos, reservas o corredores verdes cerca de viviendas no solo permite que los ecosistemas se regeneren; también cambia la forma en que los humanos perciben la naturaleza. Al ver un halcón peregrino sobrevolar el skyline o escuchar el croar de una rana autóctona en un charco urbano, algo se activa: una memoria ancestral, una curiosidad latente, una conexión emocional que ya parecía perdida.

El documento de BioScience reconoce que “las iniciativas de rewilding en ciudades representan apenas el 1,2 % de los proyectos de restauración revisados” a nivel mundial, y que “el énfasis sigue estando en la revegetación o en crear parques, más que en devolver fauna”. Pero ahí está, precisamente, el margen de mejora. La resilvestración urbana no propone sustituir la jardinería ni competir con la planificación verde, sino complementarla desde una lógica ecológica más ambiciosa: “restaurar funciones ecológicas perdidas y construir ecosistemas más resilientes y autosostenibles”.

Los beneficios son múltiples y no solo ecológicos. Numerosos estudios, citados también en el informe, vinculan la presencia de biodiversidad con mejoras en la salud mental, el bienestar psicológico, el sentido de comunidad y hasta la cohesión social. “Interactuar con la naturaleza —ya sea de forma intencionada, incidental o incluso visual— tiene efectos positivos medibles en la salud física y emocional”, señalan los autores.

Pero no todo son ventajas. La resilvestración urbana entraña retos complejos: desde la fragmentación del hábitat hasta el rechazo social hacia ciertas especies (nadie quiere una serpiente en su jardín), pasando por los conflictos entre objetivos ecológicos y estéticos, o los costes económicos a largo plazo. “Las reintroducciones urbanas requieren inversiones sostenidas, monitoreo constante y una planificación participativa con las comunidades locales”, insisten los investigadores.

Hay, además, una dimensión ética y cultural. En contextos marcados por historias coloniales —como ocurre en Australia—, reintroducir especies extintas desde la colonización implica también reconocer el valor del conocimiento indígena. El informe apuesta por “codiseñar los proyectos con las comunidades originarias, integrando sus prioridades culturales y ecológicas”. No se trata solo de restaurar fauna, sino también de restaurar relaciones.

¿Puede entonces una ciudad convertirse en un ecosistema funcional? ¿Podemos imaginar un urbanismo que no expulse a los animales, sino que conviva con ellos? Las experiencias reunidas por los investigadores sugieren que sí. Desde el regreso de los quendas (marsupiales escarbadores) a Perth, que ayudan a reducir el riesgo de incendios al remover hojarasca, hasta la repoblación de halcones para controlar las palomas en urbes del medio oeste norteamericano, los casos reales demuestran que la resilvestración no es una quimera, sino una herramienta viable.

La resilvestración urbana desafía la idea de que la naturaleza y la civilización deben estar separadas. Propone, en cambio, una integración inteligente, sensible y mutuamente beneficiosa. No aspira a que las ciudades se conviertan en junglas, sino en hábitats compartidos. “Rewilding no significa dejar que todo vuelva a un estado salvaje original”, explican sus defensores. “Significa recuperar la capacidad de los sistemas urbanos para sostener vida diversa y resiliente”.

La resilvestración urbana en España está todavía en fase emergente y casi siempre como parte de planes de verde urbano o biodiversidad, sin proyectos de reintroducción animal sistemática documentados en estudios científicos recientes.

En última instancia, resilvestrar una ciudad es también resilvestrar a sus habitantes. Es devolverles la capacidad de asombro, el respeto por los ciclos naturales, la conciencia de que no están solos sobre la Tierra. Porque quizás no se trata solo de traer de vuelta a los castores, los cálaos o los ornitorrincos, sino de traer de vuelta esa parte nuestra que aún quiere vivir entre cantos, huellas, vuelos y ríos. Y que, al igual que esos animales que regresan, solo necesita un poco de espacio, cuidado y esperanza para volver a habitar el mundo.

Madrid Río

La transformación del Manzanares tras el soterramiento de la M‑30 creó un parque urbano de más de 120 hectáreas con enfoque ecológico. Se recuperó el cauce natural, se repararon y suprimieron presas, se dejaron fluir los sedimentos, se instalaron escaleras para peces y los niveles de agua reducidos favorecieron la colonización por avifauna, incluyendo martines pescadores y garzas. Se aprecia una mejora clara en biodiversidad ribereña tras la renaturalización del río Manzanares que, antes de las crecidas de marzo de 2025 habían influido tanto en la calidad del agua y del entorno que hasta se avistaron varios ejemplares de nutria.

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  • Urban rewilding to combat global biodiversity decline 

Urban rewilding to combat global biodiversity decline | BioScience | Oxford Academic

  • Renaturalización urbana: devolver vida a las ciudades para ganar en salud, biodiversidad y resiliencia

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Proyecto Gijón Ecorresiliente

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Fotos e ilustraciones: Terabithia Media